Percepcion de la superficie: Simbolo vs Contexto
En 1972, Robert Venturi y Denise Scott Brown publicaron Learning from Las Vegas, uno de los textos más provocadores y fértiles de la teoría arquitectónica del siglo XX. Lo que a primera vista parecía una exploración del paisaje vulgar americano, el strip, los rótulos, los casinos, los moteles, era en realidad una crítica profunda a los presupuestos del Movimiento Moderno y, más ampliamente, una teoría sobre cómo los edificios comunican. El texto introduce la distinción que nos ocupa en este ensayo, "el "pato" y el "cobertizo decorado", categorías que siguen siendo herramientas analíticas de primer orden para pensar la arquitectura contemporánea.La distinción es elegante en su simplicidad. El pato es un edificio cuya forma total es el símbolo: la arquitectura se convierte en signo, el volumen construido adopta la figura de lo que representa o contiene. Los ejemplos clásicos incluyen la famosa tienda de perros calientes con forma de perro caliente o las arquitecturas comerciales en forma de helado gigante. Pero el concepto se extiende mucho más allá del kitsch, cualquier edificio en el que la forma exterior sea portadora directa del mensaje sin mediación de texto, sin señalética separada, entra en la categoría del pato. La Sydney Opera House puede leerse, en cierta medida, como un pato: sus cáscaras sugieren velas, conchas, aves en vuelo. La forma es el mensaje.
El cobertizo decorado, en cambio, separa radicalmente la función constructiva del signo com unicativo. El edificio es, en su estructura, un galpón neutral, un cobertizo sobre el que se aplica la comunicación como capa independiente como la señalética, el rótulo, el cartel. Las arquitecturas del strip de Las Vegas son paradigmáticas con enormes casinos anodinos sobre los que se yerguen letreros luminosos que los identifican y los publicitan. La arquitectura es soporte; el signo, protagonista. Venturi y Scott Brown no solo describen esta condición: la defienden como honesta y eficaz, frente a la pretensión moderna de que la forma hable por sí misma.Esta distinción adquiere toda su profundidad cuando se la pone en diálogo con la pregunta sobre el monumento. ¿Qué hace a un edificio monumental? Venturi y Scott Brown responden con uno de sus croquis más célebres, un edificio cúbico absolutamente genérico, sin ningún rasgo arquitectónico particular, que porta un letrero gigantesco más alto que el propio edificio que proclama ser un monumento. La ironía es demoledora en la ciudad mediada por imágenes e información, no es la forma arquitectónica la que constituye el monumento, sino su proclamación. El signo supera a la arquitectura. El cobertizo con su cartel es más monumental que el pato más elaborado.Sin embargo, sería un error reducir la dicotomía pato/cobertizo a una simple preferencia estética o a una crítica al formalismo. En el fondo, plantea una pregunta filosófica sobre la naturaleza del significado en arquitectura: ¿puede un edificio comunicar algo a través de su forma per se, o toda comunicación arquitectónica depende de convenciones culturales aprendidas? La arquitectura de los animales, los llamados duck buildings, en la tradición popular americana sugiere que si una forma puede ser iconográficamente directa, legible sin necesidad de traducción cultural. Pero esta legibilidad tiene un precio reduce la arquitectura a ilustración, sacrifica la complejidad espacial en el altar de la comunicación inmediata.
La arquitectura de Rafael Moneo ofrece un contrapunto interesante. Sus edificios nunca son patos, la forma no ilustra un mensaje, pero tampoco son cobertizos decorados. Son algo más sutil arquitecturas que construyen su significado a través de la relación entre materiales, proporciones, luz y contexto histórico. El Museo de Arte Romano de Mérida no declara su contenido mediante la forma exterior, pero su interior con sus arcos romanos en ladrillo que dialogan con las ruinas adyacentes produce una experiencia de continuidad temporal que es, en sí misma, un argumento intelectual. El significado emerge del habitar, no de la imagen.En la contemporaneidad, la dicotomía parece haberse complejizado sin resolverse. El starchitect del siglo XXI produce a menudo edificios que son patos de alta cultura: el Guggenheim de Bilbao, el CCTV de Pekín de Koolhaas, el Heydar Aliyev Center de Zaha Hadid son edificios cuya forma es, en gran medida, el mensaje. Comunican innovación, espectacularidad, poderío económico y cultural. Pero lo hacen a través de una formalidad tan abstracta que exige mediación intelectual y cultural;no son patos directamente legibles, sino símbolos codificados para una audiencia global sofisticada.
Al final, la
tensión entre símbolo y cobertizo no es resoluble, ni quizás deba serlo. Es una
de las tensiones productivas que mantienen vivo el debate arquitectónico. Lo
que Venturi y Scott Brown pusieron sobre la mesa con su defensa de lo
ordinario, de lo vulgar, del mal gusto como gusto dominante fue una pregunta
sobre la democracia del significado; ¿Para quién construye la arquitectura su
mensaje? La respuesta sigue siendo urgente en una disciplina que oscila entre
la responsabilidad social y la ambición formal, entre el servicio al habitante
cotidiano y la producción de objetos simbólicos para la historia cultural del
mundo.

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